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Little Nightmares. No es miedo, es hambre.

La primera vez que oí sobre Little Nightmares fue hace 3 años cuando Tarsier Studios anunció un proyecto llamado Hunger. La espera se hizo larga, y la ausencia de noticias durante los últimos dos años no alimentaba las esperanzas de que Hunger viera la luz. No fue hasta después del acuerdo con Bandai Namco Entertainment que se confirmó, ya por fin, la fecha de su publicación el 28 de abril, ya no bajo el nombre de Hunger, sino de Little Nightmares. Y aquí estamos, después de un mes os cuento mi experiencia sobre este esperado título.

No estamos ante un videojuego de terror, sino más bien de corte narrativo minimalista.

Lo primero que habría que matizar es que no estamos ante un videojuego de terror (más allá de la idea que nos pueda inspirar el título), sino más bien de corte narrativo minimalista. Podríamos decir que adopta mucho la filosofía de juegos como Inside o Limbo, mundos oscuros sin interfaz donde encarnamos a protagonistas mudos, anónimos y solitarios, permitiendo con ello la introspección hacia dicho personaje y creando una atmósfera altamente inmersiva.

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Little Nightmares Análisis

No hay introducción. Despertamos en un espacio oscuro, húmedo, metálico del que no sabemos nada. El único elemento a destacar por su calidez es nuestro característico chubasquero amarillo, que además oculta nuestro rostro potenciando así el aura de misterio que rodea al personaje. ¿Somos un chico o una chica? ¿Acaso somos humanos? A saber. No hace falta recorrer mucho mapa, ya que en este punto es donde empiezan a palparse las sensaciones que nos acompañarán durante todo el gameplay.

Little Nighmares es una representación artística y procedimental de esas historias de terror infantiles que alimentaban nuestra prolífica imaginación en el momento de acostarnos. Cuando nuestras figuras de apego desaparecían por la puerta nos dejaban a merced de los fantasmas y monstruos que moran en la oscuridad. Nuestros recursos eran limitados, así que, quitando excepciones, lo normal era tirar de la manta e intentar hacer el menor ruido posible hasta que el sueño nos vencía (era eso o encender las luces).

Básicamente las mecánicas principales del juego expresan esta sensación de indefensión.  Somos una presa perdida entre depredadores, sin recursos, sólo un mechero que apenas sirve de iluminación en las zonas más oscuras. Como no podremos enfrentarnos a los enemigos la única alternativa es escondernos e intentar sortearlos en el más absoluto sigilo.

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Tendremos muchos elementos repartidos por el escenario que nos servirán de escondrijo, lo que nos dará cierto margen para afrontar la situación de diferentes formas, pero a veces la misma naturaleza de los puzles nos obligará a ser un poco más temerarios y exponernos al peligro. En general los puzles no son complejos, y os aseguro que seréis más recompensados por pacientes que por inteligentes.

Otras veces no podremos evitar ser descubiertos y tendremos que recorrer un buen trecho hasta una zona segura, estos momentos componen las partes más frenéticas del juego, y para mí una de las más desquiciantes, pues el margen de error es casi nulo y con la mínima metedura de pata ya nos han echado la zarpa. Así que los que seáis lentos de reflejos como yo, lo dicho, paciencia.

Apartado artístico

Pero a mí lo que me ha enamorado de Little Nightmares no son sus puzles, ni sus mecánicas. Lo mejor sin duda es su apartado artístico; la belleza de sus oscuros y tétricos escenarios, el diseño de sus espeluznantes personajes, el uso de las sombras y la tenue iluminación. Parece que todos estos elementos están diseñados para hacernos sentir una sensación como de insignificancia respecto al entorno, sobre todo en planos concretos donde la cámara se va alejando y nos permite comparar las inmensas dimensiones del espacio respecto a nuestro pequeño tamaño.

Recorrer los mundos oníricos de Little Nightmares es un recordatorio constante de grandes obras como Alicia en el País de las Maravillas o el Viaje de Chihiro. Es imposible negar el peso tan importante que tiene Miyazaki como referencia artística y conceptual del juego, sobre todo cuando este hace alusión a conceptos como el hambre o la gula, representados por sus característicos personajes hambrientos, obsesos y repugnantes.

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El desarrollo narrativo se esconde tras una simbología altamente alegórica, es decir, casi todo queda a interpretación del jugador. Un claro ejemplo es el ojo que se repite por los escenarios, como si alguien nos estuviera observando o expresase un estado de letargo. ¿Estamos dormidos? ¿Realmente algo de este mundo es real? ¿Quiénes somos realmente? Las posibilidades son infinitas.

Little Nightmares no suele dejar indiferente, y aunque no estamos ante un título perfecto, sí que hay que reconocer que es uno de los más bellos dentro de su género. Es fácil empatizar con el protagonista, ya que todos en algún momento de nuestra vida hemos sido ese personaje frágil escondido bajo un chubasquero, la presa de nuestros miedos, el hambriento. O quien sabe… lo mismo todavía lo somos.

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